
José Antonio Aparicio Florido | Licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Cádiz
Al comenzar mis estudios de bachillerato en septiembre de 1981, observé desde los pasillos del instituto a un profesor que declinaba en la pizarra el sustantivo latino tan conocido para los estudiantes rosa, –ae, una auténtica letanía. Aquel profesor se llamaba Juan Atienza, un hombre que añadía al atractivo que de por sí tienen las lenguas clásicas el maravilloso poder de la docencia. ¡Y de qué manera lo conseguía! Desde aquel fotograma guardado en la memoria supe lo que estaba llamado a estudiar. Más que una decisión fue dejarme guiar por el destino, un destino tan caprichoso que posteriormente, tras completar la carrera, me llevó a otros campos del conocimiento y, en particular, a la gestión de emergencias y al estudio de los riesgos naturales, que acabaron siendo mi profesión. Pero el latín y el griego nunca desaparecieron de mi memoria ni de mi biblioteca personal. Además, combinan muy bien con el estudio de las fuentes primarias que nos hablan de la transformación del territorio y del urbanismo, y que nos han dejado no pocos testimonios sobre desastres naturales históricos. La cuestión ahora es por qué no volver a los orígenes cuando la profesión se va agotando y se acerca el tiempo de disfrutar del otium y el carpe diem. Doy comienzo, por tanto, a este proyecto personal que espero sirva de disfrute y, también, «por ver si hay otro más loco que yo en estos lugares».

Traducción
«Heliodoro, un loco cartaginés, mandé por testamento ser enterrado en este sepulcro al otro lado del Estrecho, para ver si hay alguien más loco que yo que, por tal de verme, alcance a llegar hasta estos lugares».
Inscripción epigráfica de una tumba hallada en Cádiz en los tiempos de la reconquista y recogida primeramente en los Comentarios de Ciríaco de Ancona (1391-1452) y posteriormente en la Antigüedades de Ambrosio de Morales (1513-1591).


